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Cuando con la decadencia del Arte Real los Rosicrucianos de Inglaterra depositaron en el ingenuo simbolismo de las Corporaciones operativas el secreto de sus operaciones, ello hizo que la tradición de su arte pasara a las generaciones futuras en toda su pureza. Aun con todo el ingenio que tuvieron, la intención de estos Adeptos no fue cumplida; la ciencia sagrada soportó las más serias mutilaciones en el corazón de esta Corporación, y con ello terminó descendiendo al rango de una sociedad ignorante de su propia naturaleza y de sus metas primitivas.
Martínez de Pasqually y su discípulo Louis-Claude de Saint-Martín, contemporáneos de los últimos Rosicrucianos de Inglaterra, no consideraron necesario confiar a estas asociaciones banales la tradición hermética que ellos habían preservado; sino que unieron a su alrededor un pequeño grupo de Hombres de Deseo listos para sacrificar su personalidad, sin otra esperanza de recompensa que el de transmitirle a algunos discípulos, seleccionados cuidadosamente, las enseñanzas luminosas de los Hierofantes de la antigüedad y de sus sucesores, los Cabalistas y los Doctores de Hermetismo de la Edad Media.
El Martinismo vivió oscuramente, lejos de las convulsiones de las asociaciones, al menos dentro de los círculos externos, y absorbido en la contemplación de los grandes misterios de la naturaleza, hasta que el movimiento universal hacia el idealismo hizo brotar un testimonio elocuente siempre en favor de la opinión avanzada por los observadores sinceros: a saber, que el materialismo es incapaz de responder a las necesidades imperiosas del hombre de ciencia; que el clericalismo es odioso al hombre que tiene sentimientos religiosos reales; que un alma pura se revela delante de la lucha repugnante entre una filosofía impotente y una teología corrupta, y demanda que los dos son enterrados para siempre bajo el soberano desprecio del hombre.
Hoy, miles de hombres y mujeres buscan un refugio en la sabiduría de los antiguos, en la ciencia de este tiempo que no conocieron persecuciones religiosas ni intolerancia científica de esos tiempos donde la mirada de un iniciado en los misterios egipcios, la riqueza de un adorador de Moloch y la habilidad de un seguidor de Mitra, con la más sublime armonía de la construcción de un Templo erigido al Dios de Israel, templo en el cual una idólatra, la bella reina de Saba, y otro idólatra, Alejandro el Grande, fueran a adorar al Santo de los Santos.
En presencia de este fatal retorno hacia la sabiduría de la antigüedad, produjo que Rama, Krishna, Hermes, Moisés, Pitágoras, Platón y Jesús, el Martinismo, depositario de la tradición sagrada, sacara de su oscuridad voluntaria y abrieran sus santuarios de ciencia a los Hombres de Deseo, capaces de entender sus símbolos, animándolos con su ardor, separando al que es débil, hasta que la selección especial de sus Superiores Incógnitos esté completa ; entonces el Martinismo disolverá sus asambleas y regresará a su letargo milenario.
Solo el que es digno y que está versado en la historia del hermetismo, de sus doctrinas, de sus rituales, de sus ceremonias y de sus jeroglíficos, podrá penetrar el secreto, y conocer el significado real del reducido número de símbolos para la meditación del Hombre de Deseo.
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Hay muchos grupos que se denominan Martinismo.
Sin embargo, la Orden Martinísta, que con este nombre es una sola,
es una escuela de altos estudios, completa por si misma,
abarcando varios grados y muchos años de estudio y practica.
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